Amanece en Bilbao: mi sueño de 24 horas en la Capital del Mundo

Mientras me tomaba un café y un trozo de su famoso cheesecake en El Tilo de Mami Lou, frente al Teatro Arriaga, con la Ria de fondo, pensaba qué hago aquí. No en la cafetería, al Tilo llegué por devoción. Los rumores viajaban hasta Tenerife y decían que existía una pequeña pastelería belga en el centro de Bilbao llenita de cosas ricas y cierto glamour. Tenía que comprobarlo. Así que tomé vuelo a Madrid y de ahí un ALSA a la ciudad. Era una mañana templada de viernes otoñal y llevaba en Bilbao unos 40 minutos. Era mi primera vez, y como todas las primeras veces, miraba curiosa y de buen humor a mi alrededor, intentando adivinar qué me esperaba.

Veamos, sabía por qué estaba en el Tilo, pero qué demonios hacía en Bilbao.

Cuando yo era una niña, la ciudad vasca era un lugar del que sólo me sabía el nombre y porque lo había aprendido en el colegio. Decían que era una ciudad industrial y fría, lo que para una canaria resultaba igual de atractiva que el infierno. Como muchos niños de mi generación, yo tenía en mi cuarto un mapa en la pared lleno de tachuelas marcando los sitios que quería visitar antes de morirme. Bilbao jamás tuvo tachuela. Luego llegaron el Guggenheim y el Puppy y la ciudad se convirtió en motivo de interés mucho más allá de sus fronteras. Ni aún así despertó mi interés. No me caía ni bien, ni mal, la ignoraba por completo.

Entonces, hace casi dos años, empecé este blog sobre los locales y lugares que despertaban mi curiosidad y alegría. Y esto, a su vez, me llevó a escribir en revistas gastronómicas locales. Un día, tomando algo con unos amigos, me dijeron: “Tienes que ir a Bilbao”. En mi imaginería mental se construyó en ese momento una ciudad gris, extraña y poco apacible. Les dije que no me apetecía demasiado. Se escandalizaron y casi me obligaron a comprar billete. “Te va a flipar” . Me encogí de hombros. Odio las recomendaciones apasionadas. Sin embargo, ya me rondaba en la cabeza y el paladar descubrir El Tilo y me parecía buen punto de partida para conocer Bilbao.

Aquella noche tuve un sueño. Era de madrugada, a punto de amanecer. Yo estaba sobre un puente pequeño, coqueto, desde el que podía ver un lado y otro de la Ría. Hacía un frío tremendo, llevaba un abrigo marrón hasta las rodillas con grandes botones negros. No sabia cómo se llamaba el lugar, ni cómo había llegado allí. Pero me sentía más viva que nunca, como si la ciudad entera fuese una madre adoptiva que me dijese: “Bienvenida a casa, Verito”. Llevaba en la mano un bocata que se enfriaba. Buscaba un banco cercano al puente, sacaba de mi mochila mi tablet y escribía: Amanece en Bilbao…

Me desperté de un salto, muy confusa, sin saber que tendría ese sueño en más ocasiones.

Y, en ese momento de viernes otoñal, sentada, a punto de pedir mi segundo cheesecake, supe que debía averiguar qué secreto escondía Bilbao, All Iron, que yo debía conocer.

Pero, ¿por dónde empezar? No traía una guía, iba a descubrir lo que se me pusiera por delante. Había visto demasiadas fotos de los sitios más turísticos de Bilbao. No venía a eso. Venía a dejarme conquistar improvisadamente. Recordé una de mis frases: Una ciudad vale tanto como su mejor librería. Fui a comprobarlo.

La Librería Cámara, en la Calle Euskalduna, está andando a unos 15 minutos del Tilo de Mami Lou. No podría afirmar si es la mejor librería de Bilbao, pero, sí es una de esas joyas en riesgo de extinción. Con ese colorido, sutil apariencia de habitación de lector desordenado y empedernido y ese olor adictivo a papel, Cámara conserva toda la magia de las librerías tradicionales. Bilbao empezaba a coquetear conmigo descaradamente.

La hora de almorzar se acercaba peligrosa y afortunadamente, teniendo en cuenta dónde estaba. Apenas rodeando una manzana. aterricé en el Bar El Eme, necesitaba un típico bar bilbaíno, necesitaba saber si el coqueteo me compensaba. Teniendo en cuenta que los sándwiches han sido siempre una de mis adicciones, el famoso bar de triángulos no me defraudó nada.

Sin embargo, no solo de pan, cheesecake y libros vivo, ya me gustaría, a esas alturas buscaba algo más, algo que me demostrara que pasar olímpicamente del Guggenheim y del perrito de colores valía la pena.

Tenía que ir al Museo Vasco. Como buena aficionada al origen cultural de los pueblos, el vasco resulta uno de los más fascinantes. Enclavado en un precioso y antiguo edificio del siglo XVII, encadena una narración apasionante de la historia de un pueblo que guarda un tesoro cultural en un mundo tan globalizado. Puede que el Puppy no me enamore, sin embargo el idioma euskera me fascina, soy una raras avis que aprecia la belleza de la diferencia.

Pronto atardecería. Empezaba a hacer más frío del que una canaria puede soportar. Me di cuenta de que mi humilde rebeca ideal para un otoño tinerfeño, era de lo más inútil en mitad de un atardecer bilbaíno. El resto de mi ropa estaba en el apartamento que había alquilado, volver significaba perder una tarde de mi aventura callejera. Llamé a mi amiga Maite, ella y su marido fueron los que me dijeron: “ Te va a flipar”. “Estoy flipando de frío, por favor, bájame uno de tus abrigos.” Los esperé para cenar en el Casco Viejo. Me recomiendan Batzoki de Bilbo Zaharra. Bueno, bonito y barato. Cenamos todos por 70 euros. Bilbao seguía el coqueteo y empezaba a convencerme. Me dan el abrigo en una bolsa y se van. No podía volver al apartamento. Justo ahora que me estaba enamorando.

Sola otra vez, Bilbao había anochecido y no sabía dónde ir. Me la jugaba. Adoro bailar y si la Capital del Mundo me ofrecía algo interesante para mover el esqueleto, tendría que entregarle mi corazoncito atlántico. Llamé a Pablo, un viejo amigo de la secundaria que lleva viviendo en Bilbao dos décadas. Me dio sólo dos palabras: Cotton Club. Me sonaba bien, con ese nombre de garito años 20 nada podía salir mal. Pablo me acompañó. Caí rendida a ese ambiente laberíntico de luces de cabaret y la música en directo es un aliciente, que gente como Los Secretos, Pereza o Izal lo hayan visitado, no es una casualidad.

Tres horas después, volvía a mi piso sola y andando, saqué el abrigo de la mochila, me lo puse, llevaba en la mano un bocadillo comprado en Don Boca. Me fui acercando al edificio donde tenía alquilado el piso. Llegué al Puente de la Ribera. Me paré en la barandilla a mlrar la Ría. Fue entonces cuando caí. Bajé la vista para ver bien el abrigo que Maite me había dado. Era marrón con enormes botones negros. Sonreí tontamente. Bilbao me acababa de ganar la partida. Busqué el banco más cercano, me senté. Le di un mordisco a mi bocata helado. La ciudad se despertaba en amarillos anaranjados y un extraño tono rosado que terminó de seducirme. Abrí la tablet y escribí: Amanece en Bilbao…

Verónica Martín León

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