El último Molino de Gofio de Santa Cruz

Pasar la infancia en un barrio como el de La Salud, en la capital chicharrera, marca. Durante aquellos años, el barrio obrero de la ciudad era toda una experiencia. La zona más alta tenía mala fama, pero yo me crie en la zona media, más cercana a la Avenida Venezuela. Los niños del barrio jugábamos en las calles hasta la noche en pandillas a entretenimientos tan lejanos ya como el escondite o el “Stop”.

Los vecinos se sabían la vida y milagros de los demás y te prestaban cualquier cosa que necesitaras. Se contaba en pesetas. Y cuando querías ir al centro de la ciudad, decías “ voy a bajar a Santa Cruz”, como si no estuvieras ya allí, como si la ciudad estuviera a kilómetros, como si vivieras en el exilio.

Eran otros tiempos. Tu madre te mandaba al Molino de gofio y mucho antes de llegar el olor del cereal tostado te cubría entera y te guiaba. Recuerdo el ruido rítmico de las máquinas y el polvillo del gofio que volaba, a veces, desde ellas. Podías elegir entre varios tipos, incluso mezclas y la cantidad. Esa clase de recuerdos infantiles que jamás se borran de tu memoria.

En aquella época todas las casas tenían gofio en sus alacenas y la mayoría preferíamos sus grumitos sobre la leche caliente al del cacao industrial.

Los hermanos García regentan el Molino de La Salud desde hace décadas. Funciona regularmente desde mediados de los años 50. Es el último que, a día de hoy, queda en la capital. Por entonces, existían aproximadamente unos 14 molinos en Santa Cruz. Desaparecieron mayormente porque las siguientes generaciones no quisieron continuar con el negocio. Es un orgullo para el barrio y para todos los chicharreros que un símbolo de nuestra gastronomía y nuestra cultura haya sobrevivido tanto tiempo, en unas décadas tan cambiantes.

En ocasiones, tengo la sensación de que el Molino es una frontera geográfica y temporal, entre el pasado y el presente. De la calle del Molino hacia arriba el barrio está prácticamente igual que hace treinta o cuarenta años. Han cerrado negocios y otros han abiertos, pero por lo demás los niños que allí crecimos, podríamos recorrerlo con los ojos cerrados. Del Molino hacia abajo, Santa Cruz se ha ido transformando al ritmo de los tiempos, a veces para bien y otras no tanto.

Actualmente, Canarias fabrica unos tres millones de kilos al año y exporta a países de medio mundo. Sigue siendo alimento básico y fundamental de la alimentación canaria. Los grandes chefs lo han añadido a sus creaciones, revitalizando el producto y demostrando su calidad y versatilidad.

Mientras subo al Molino de La Salud 30 años después a buscar mi paquetito de cereal tostado y recién molido, me viene a la memoria una niña de rizos negros que soñaba con escribir textos sobre lugares que nos hacen un poco más felices en la vida. El Molino de La Salud es y será siempre uno de esos lugares.

Verónica Martín León

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